El tratamiento de nuestros datos, ¿están seguros en el banco?

Fecha de publicación: 02.10.2018
El tratamiento de nuestros datos, ¿están seguros en el banco?

Contratemos lo que contratemos en un banco, siempre terminamos dando nuestros datos personales y bancarios –valga la redundancia– con absoluta confianza. Nos hemos acostumbrado a ello, pero en realidad, ¿sabemos lo que estamos haciendo? ¿Es seguro comunicar nuestros datos de esa manera? Y, de entre ellos, ¿qué información es la más vulnerable, la más privada o la más confiable? No hay que alarmarse. Hay motivos para confiar, sobre todo, motivos legales: el Reglamento Comunitario sobre el Tratamiento de los Datos Personales y su Libre Circulación.

Obligados a proteger

Esta normativa viene salvándonos desde que existe, y nosotros ni nos habíamos enterado.

En primer lugar, establece que un banco –así como cualquier otra entidad, institución u organismo– deberá tratar todas las informaciones personales que reciba “de forma lícita, leal y transparente”. Así lo reproduce también José María López Jiménez, del portal Edufinet.

Así pues, los datos requeridos por la entidad siempre serán los adecuados y pertinentes al tipo de relación entre ésta y el cliente, además de los mínimos necesarios para llevarla a cabo con legitimidad y suficiencia. López añade que “serán también exactos y actualizados y mantenidos solo durante el tiempo necesario a su tratamiento”. Desde el momento de su aprehensión, el banco los protegerá a toda costa contra procedimientos no autorizados y contra cualquier elemento que ponga en peligro la intimidad del propietario de los datos.

Los propios bancos justifican su petición de datos personales en “conocer elementos que pueden influir en la dinámica contractual o puede mejorar la personalización de la oferta”, destaca López.

Existen incluso situaciones en que legalmente están obligados a conocer datos de profundo conocimiento del usuario, como la nacionalidad, profesión, origen de sus ingresos, entre muchos otros.

La práctica en la superficie: cuentas y tarjetas

Todo lo anterior es lo que se esconde tras la mundana rutina que representa, por ejemplo, abrir una cuenta corriente. En este caso, proporcionaremos “una información muy básica que solo en raras ocasiones excede de nombre, apellido, fecha de nacimiento y DNI o NIE”, según dice Antonio Gallardo, experto de iAhorro.

La cosa cambia cuando contratamos una tarjeta de crédito, ya que la aceptación requiere un análisis previo de la situación del cliente con el fin de comprobar su viabilidad. Para conocer si el cliente acumula deudas, se consultan sus datos en la Cirbe –Central de Información de Riesgos del Banco de España.

Afirma Gallardo que “a ello se añaden una justificación de ingresos, la declaración de la renta y, si el cliente es asalariado, las tres últimas nóminas, y, si es autónomo, el último pago fraccionado, la última declaración del IVA y, aunque más raramente, algún documento que atestigüe la antigüedad de la actividad”.

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Los préstamos son el producto más “cotilla”

Vuelve a ser diferente en el caso de solicitar un préstamo. Aquí, además de estar obligados a dar todos los datos nombrados anteriormente, añadiremos lo que Gallardo llama información “mucho más sensible”.

Esto se traduce en la antigüedad en sus puestos de trabajo para los trabajadores por cuenta ajena, así como el cargo concreto que desarrollan.

Para los autónomos hay todavía más que revelar, como por ejemplo, la declaración de ingresos a terceros o el censo como empresarios.

Encriptación y doble comprobación para la red

Y con la banca online, hemos aumentado la vulnerabilidad de nuestros datos personales. Internet es como un coto de caza permanente, e introducir información privada en él es una práctica arriesgada de por sí.

Por otra parte, así como hay peligros, existen múltiples métodos de seguridad y encriptación altamente desarrollados. “Al contrario de lo que se cree, los procedimientos de verificación online son más seguros que algunas de las formas de comunicación que teníamos hasta ahora, como el correo electrónico, que no está cifrado”, asegura Gallardo.

Uno de los ejemplos de eficacia es la doble comprobación, consistente en la recepción de un mensaje de texto vía móvil que el usuario debe insertar como clave para validar la operación.

 

Fuente: El País

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